Lucrecia Martel

La mujer sin cabeza, su tercera película y segunda apadrinada por los Almodóvar, que ya coprodujeron La niña santa, comparte con las anteriores el tono (un drama intimista), el escenario (una geografía de provincias "que no es Salta, pero tampoco deja de serlo"), usos, pudores y costumbres de clase media alta y la elección de protagonistas femeninas. Narra la historia de una mujer que en un confuso accidente de ruta atropella algo. "Los días siguientes al incidente, ella no reconoce los sentimientos que la unen a las cosas y a las personas", adelanta la directora. "Todo está como rarificado". "Sólo se deja llevar por la vida social. Un día ve a un chico caído en un campo de deportes, sus compañeros lo rodean. De pronto, el chico se levanta y sigue jugando. Esa noche ella le dice a su marido que ha matado a alguien en la ruta. Él la acompaña al lugar, pero sólo hay un perro muerto". De allí en más, la protagonista se debatirá por saber qué pasó realmente, una metáfora que Martel asocia a los tiempos de la dictadura. "Cuando entendí que en verdad la película estaba hablando de eso, para mí fue muy angustiante: la complicidad de la sociedad frente a la muerte de otros que consideran fuera de ella por algún motivo".

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"Para mí el guión tiene más que ver a nivel estructura con la conversación y su deriva, que con el cine en sí".

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Los de Martel son, además, frescos en los que el deseo -reprimido, sublimado...- ocupa un lugar central: "Hay un esfuerzo muy grande porque las cosas sean de un solo modo y hay una zona de disfrute que no tiene por qué tener nombre, no tiene que ser nada. El deseo va por sitios no previstos donde me interesa estar, esa zona en la cual rotular es difícil: no es amor fraterno, no es deseo de pareja, no es incesto pero tampoco una relación común entre hermanos, no es una relación entre chicas, no sé bien qué es, pero me encanta".

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