Vamos a ver, dijo un ciego

Estos cuatro días que no pude ver escuché lo siguiente: Tres goles de Javier Cámpora (y ya uno era milagroso). Que los nazis quemaron el Reichstag en 1933. Pájaros. El potente motor de la bomba del vecino. La voz, llanto, gritos, saludos de mi sobrinita. Granados Chapa a su propio ritmo semilento.

Olí el gas que se fuga de la estufa.

Ireri aprendió a inyectar dolac.

Vomité y lloré de dolor por primera vez en décadas y casi me volví no un emo, sino lo que Krystoff piensa de ellos.

Amenacé con volverme un marido ciego celoso y ultra posesivo y de olfato agudo.

Cumplí.

Tuve una pruebita de cómo viviremos todos a los noventa años. Incluso eso tiene sus pros.

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