Mackenzie y Fendrik: brotando

Jorge Ayala Blanco/ Cinelunes exquisito

1. LA COMEDIA CARNICERA. En Un seductor irresistible (Spread, EU, 2009); quinto filme del ascendente escocés medio literario medio erotómano de 43 años aquí inédito David Mackenzie (El joven Adán 03, Espiando un.deseo 07), con guión de Jason Dean Hall, el vividor de mujeres extrañamente archiguapo que Nikki (Ashton Kutcher) se liga en una fiesta privada a la solitaria espiritifláutica abogada millonaria madura Samantha (Anne Heche), se gana con sabiduría sensual sus exquisitos favores económicos y confianza, se apodera de su regia mansión y resiste bofetadas femeninas por organizar una fiesta loca de piscina en su ausencia donde había reciclado eróticamente por simple deseo de humillarla a una infeliz Emily (Rachel Blanchard), pero un buen día se obsesiona con la linda joven mesera rechazante Heather (Margarita Levieva) que también explota ligues (con mayor discreción) y, cuando ya vagaba sin techo expulsado por Samantha y repudiado tanto por Emily como por el amigo harto Harry (Sebastian Stan), le ofrece refugio en su covacha e involucramiento sentimental sólo para reconocer juntos lo insostenible de su amor-pasión ya en la práctica y lo inexorable de su separación dolorosa. La comedia carnicera hace con oblicua sutileza el bárbaro corte transversal de un suÍltuoso e inclemente Los Angeles moderno al sondear el mundo del sexo postSex and the City donde todos viven encandilados por los privilegios ajenos y a la deriva de sus propias insatisfacciones eróticas y sus carencias afectivas, contemplando el fracaso de cualquier hedonismo y desmenuzando la nueva manía compulsiva del seudorromance en crudo (antirromántico, antiamoroso) y en desalmado. La comedia carnicera se desmarca de toda posibilidad o asomo de glamour hollywoodense gracias a los casi cómicos desmentidos al monólogo en off del héroe (que ingenuamente nos confesaba sus infalibles secretos para conquistar féminas en la banda sonora) y a diálogos descarnados a cortanavaja, todo eso enmarcado en una cálida aunque severa fotografía al esti-. lo iraní del veterano Steven Poster y afectado por el rigor de una elíptica edición de Nicholas Erasmus sin rodeos ni regodeos.   




La comedia carnicera rompe con todos los ensoñadores estereotipos que han rodeado el trabajo de los gigolós en el cine clásíco, sean los cínicos (Lubitsch), los encantados (Edwards), los metafísicos (Gigoló americano de Schrader 80), o vulgares (Shampoo de Ashby 75), sometiendo al mismo tratamiento de escalpelo psicosocial tanto a las hembras (esa Samantha perdonavidas ruca enteca haciéndose una operación para rejuvenecimiento de vagina, esa Emily vuelta lesbiana indiferentemente cruel, esa heroína capitulando en todos los órdenes pobrediablescamente convencionales, como al machito en última maldita instancia demasiado frágil y obnubiladamente sensible, desnudando la miseria humana bajo las estrategias de seducción (de doble filo) y 1os fingimientos.

La comedia carnicera confiesa su impotencia para dilucidar dónde quedó la verdad entre el amor y el dinero, entre el cazador vuelto presa y la falsa presa conscientemente cazadora y (auto)explotada, entre el vicio depurado y la virtud desalmada. Y la comedia carnicera hace brotar e instalarse un malestar desazonante al igualar al héroe con el repartidor de víveres a quien despreciaba en la barra del bar, inerme ante las mujeres-sapo que han aprendido ya a devorar humildes ratoncitos que aún menean la cola.



II. EL CUADRO FAMILIAR ENSANGRENTADO. En La sangre brota (Argentina, 2008), segundo filme del polémico autor total de 35 años Pablo Fendrik (tras su premiadísimo El asaltante 07), el contenido taxista sexagenario porteño que se la pasa escuchando grabaciones relajantes y se enerva con el humo del cigarrillo Arturo (Arturo Goetz brutalmente sobrio) recibe el telefonema de un hijo huido a Estados Unidos que le pide con apremio dos mil lucas (dólares) imposibles de reunir en poco tiempo, sobre todo debiendo enfrentarse a la egoísta esposa jugadora compulsiva de bridge Irene (Stella Galazzi, ajadísima) que se niega a ceder los ahorros escondidos en su habitación ("Ni lo pensés") , tolerar a clientes pantagruélicos que sólo quieren usarlo para encargos delincuenciales (que él acepta) y disputarle la fortuna marital (finalmente saqueada) al quinceañero hijo vago deambulatorio Leandro (Nahuel Pérez, Biscayart eliakazanesco) que se la pasa planeando en negocios de droga para largarse esa noche a Punta del Este, escamoteándose de una novia semiputa semiasesina demasiado estorbosa (Guadalupe Docampo), llegándole a la omnicodiciada puberta repartidora de propaganda callejera Vanesa (Ailin Salas tan precozmente salaz cuan adorable) e intentando robar a su padre únicamente para comprobar por qué escapó tan lejos el hermano mayor.

El cuadro familiar ensangrentado se enfrasca obsesivamente en acosadores planos muy cerrados en perpetuo movimiento de una cámara en la mano, planos extremos, embarrados, de intensidad descompuesta, viscerales, sórdidos, en forcejeo constante con lo mostrado, como atisbados apenas, urgentes (sin que se adviertan muy bien las razones de esa urgencia), con frontgrounds desenfocados y confusos a rabiar incluso al nivel informativo o simplemente anecdótico.

El cuadro familiar ensangrentado se concentra en el minimalismo narrativo de unas cuantas horas de una sola jornada, como ya lo hacía El asaltante, también interpretada y centrada en los supremos recursos histérico-histriónicos del mismo actor maduro Goetz medio sensacional medio podrido tras sus gafitas de John Lennon. El cuadro familiar ensangrentado disemina secas escenas shocking con el fin de crear un clima hostil de tenaz perversidad y derrumbe de valores morales en un Buenos Aires actual sin cesar recorrido en taxi o a pie: miseria humana de la madre arreglacelulares que trata de abandonar a su insufrible bebé perpetuo en un basurero, descomposición humana de los chavos ligadores adivinando perversiones y onanismos de quienes pastan como ellos en el parque, mezquindad humana de los apostadores profesionales de naipes, desamparo inhumano del viejo enamorado rastreador de la chavita, inermidad enorme del héroe homologado a un mastín vigilante al apoderarse de fajos de billetes marcados en un casillero público.

El cuadro familiar ensangrentado consagra súbitos derramamientos de sangre que van desde la paliza excesiva que recibe un gritoneante joven bravero por parte de un chofer irascible hasta la feroz moquetiza que propina el taxista a su vástago ya tumefacto luego de atropellarlo con su auto para dejarlo reptar medio muerto, y pasando por la mordida chorreante a la que se hace acreedor en pleno besuqueo nuestro abusivo paladín del amor adolescente de parte de la chamaquita empastillada por celos homicidas a través de su Coca Cola, y el cuadro familiar ensangrentado se refugia en la irracionalidad del desahogo, así como el chavo vencido en su novia antes rechazada y la imagen en un fundido en negro.

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