La fiesta de la hispanidad


Hace muchos años, tres carabelas se estacionaron en las albercas (piscinas, dirán ellos) del Parque España II. Los tripulantes saludaron a una rana americana -que, claro, quedó con la quijada abierta de la emoción- y desembarcaron para departir en una colorida y folclórica fiesta: la fiesta de la Hispanidad.

¡Tierra a la vista! ¡Bienvenidos visitantes!

Estrenaba una Olympus XA con película china



Y estaba en Tlatelolco, rumbo al curso de cine en dos días, de un gringo que representa todo lo contrario de lo que a mí me ha gustado siempre de un curso de cine. El gringo es práctico, no hace grandes referencias a grandes películas, le parece que a la primera película de Jarmusch le faltan close ups.

Quizá, si hubiera estado en mi ciudad, me habría salido bastante rápido por un café que durara los dos días del curso. Pero estaba en Tlatelolco y había pasado muchas horas en autobús para llegar ahí. (Tampoco conozco una buena cafetería cerca). Estaba emocionado tomando fotos blanco y negro con la Olympus XA. Me quedé a escucharlo hasta el final y vi bien claro lo que me falta a mí para hacer una película: Ponerlo tan fácil como este gringo.

Lástima que algunos somos cobardes y complicados.

Aquel famoso café

Mi abuelita, cada tanto, recibe la visita de sus sobrinas. Ellas, como los reyes magos, le ofrecen, a guisa de obsequio, un combo de quesadillas y memelas.  Cada quien tiene en mente lo que puede ser un buen obsequio. En este caso, las memelas son grandes plastas de masa de maíz fritas en manteca de cerdo, con salsa y queso. Ella nunca hace gran halaraca de estos almuerzos. Más bien prefiere llevar un perfil modesto, también alimentario.





Luego de una de esas bacanales de memelas y quesadillas de chicharrón, mi abuelita entró a la casa y eructó de una manera profunda, llena de sabor, justo enfrente de mí.

Intuyó mi sorpresa --y el súbito alejamiento-- y sintió que se debía justificar.

--Es que me cayó pesado el café, me dijo.

Seguro que sí, abue, seguro que sí.

El analfabeta político / Bertolt Brecht

El peor analfabeta es el analfabeta político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio del frijol, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de las medicinas, dependen de decisiones políticas.
El analfabeta político es tan ignorante que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la mujer abusada, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Insiste

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