Yates y la pottermanía: culminando, por Jorge Ayala Blanco

Cinefilia exquisita.

I. LA INFANCIA CONCLUIDA. En Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2 (RU-EU, 2011), quinto filme del ex videoclipero inglés David Yates (ya encargado de Harry Potter y la Orden del Fénix 07 y Harry Potter y el misterio del príncipe 09), basado en la novela de J. K. Rowling otra vez adaptada por el indispensable Steve Kloves (efímera pero fatalmente sustituido por el destajista Michel Goldenberg en alguna desechable entrega anterior), el predestinado e intrépido huérfano aprendiz de mago carimarcado ya diecisieteañero pero aún con puerilicónicas gafas redondas Harry Potter (Daniel Radcliffe creciendo a la par del personaje como todo el tumultuoso elenco) vuelve a contar con la ayuda de la inteligente arrojada Hermione (Emma Watson) y el asustadizo pelirrojo Ron (Rupert Grint) más todos sus condiscípulos y maestros y la semiclandestina Orden del Fénix del colegio de magia Hogwarts, pero de nuevo ambiguamente auxiliado con alta fidelidad/infidelidad por el mortífago traicionado que se ha vuelto aliado y director escolar aunque lo detesta Snape (Alan Rickman), más el guapo cobrando súbito relieve Neville (Matthew Lewis), para reunir los horrocruxes faltantes que guardan fragmentos del alma de su peligrosísimo pero debilitado enemigo apenas corporeizado con la cara viperina Lord Voldemort (Ralph Fiennes), a punto de apoderarse de las Reliquias de la Muerte y tornarse inmortal, y ahora sí poder enfrentarlo, por fin de igual a igual, en una fragorosa batalla decisiva.

Harry Potter and the deadly hollows

La infancia concluida hace culminar lo que se presume la saga fílmica más exitosa de todos los tiempos, por encima de La guerra de las galaxias y Star Trek, eso a nivel internacional, sin duda; pero, a nivel local, siempre muy por debajo de los 48 episodios-película de la serie Dura es la vida del hombre del japonés Yoji Yamada (69-95), sobre el adorable pícaro errabundo Tora-san, contrastando con la movilidad estática de las peripecias y aventuras de Harry, focalizado en un solo punto: Hogwarts y sus alrededores, un omphalos cósmico, con recovecos como esa bóveda oculta de la desalmada esperpéntica Bellatrix (Helena Bonham Carter), con tesoros reproducibles al infinito, que sólo se hará accesible bajo la guía del sinuoso gnomo neonibelungo Griphook (Warwick Davis) y a través de un vertiginoso monorriel para apoderarse de la Copa de Hufflepuff y huir agarrados a la cresta del volador Dragón Ucraniano, pero siempre dentro del mismo digest del universo, confluente eje unificador de lo colegial inmediato y lo imaginario desatado, de lo posible y lo imposible, del bien y el mal inquietantemente permutables. La infancia concluida hace el último minucioso hallazgo paulatino y el recuento general de los objetos fetichizados, vueltos de inmediato prodigiosos, cual plusvalía de sí mismos, sea la Espada de Gryffindor codiciada por el gnomo, la Diadema de Ravenclaw, el Fuego perseguidor con aparatosos visos antropomórficos, la Varita de Saúco inservible en manos del malvado (porque la robó su secuaz Draco y jamás mataron a su genuino poseedor), el Manto de la Invisibilidad o la Piedra de la Resurrección, todos conquistables como obstáculos y hazañas, pruebas a cumplir por el miope héroe.

Harry Potter and the deadly hollows

La infancia concluida desemboca en el ritual y el sacrificio necesario (del complejísimo Snape), tras haber sido demasiado contenida, preparada, desviada, como un ancestral elogio a la mayoría de edad y a la entrada al mundo por el Héroe de las Mil Caras, para poder enfrentarse al mal exteriorizado como tentación de absoluto, en un Vuelo de Muerte (en francés: Vol-de-mort), visualizado por esa monumental caída al abismo de ambos contendientes abrazados, a impulso de nuestro maguito graduado como adulto, convertido de algún modo en su Padre, resurrecto ensangrentado (Voldemort no podía matarlo pues él mismo poseía una parte de Harry) y detentador de la legendaria ancestral Rama Dorada, irónicamente vuelta Varita de Saúco. 

La infancia concluida exorciza el estigma de la niñez idílica aunque aflictiva tanto de los tradicionales cuentos de hadas (tipo El patito feo de Andersen) como de la folletinesca literatura decimonónica infantil nadie-te-quiere (tipo Piel de zanahoria de Renard), lográndolo ab ovo, eliminando toda escoria lírica o edificante, y narrando en realidad, sin proponérselo, la irrupción/perfeccionamiento/evolución de los efectos digitales en este siglo, desde los incipientes efectos medio chafitos del gringo mediocrazo de las dos primeras entregas Chris Columbus hasta los sorprendentes efectos a cortar el aliento de las tres últimas entregas dirigidas por el no menos mediocre pero eficacísimo Yates, dócil a los autoritarios caprichos rowlingianos, ahora capaces en común de resolver el combate de 400 mortífagos contra todo Hogwarts a modo de videoclip ampuloso y en la nocturnidad de escombros instantáneos (al interior de esta Parte 2 concebida en función de la Gran Batalla con cada personaje de la epopeya en su sitio asignado), capaces de sólo incluir un par de gags (Hermione disfrazada de Bellatrix irrumpiendo prepotente en el banco, conjuro Imperio que hace cambiar de actitud al duende gerente bancario), capaces de creer que con deslizar un trío de besitos furtivos quedaban asentados los romances de Harry con una insignificante Ginny (Bonnie Wright) y de Ron con Hermione (o peor aún: el de Neville con Luna mediante una declaración grandilocuente), capaces de meter en conserva fílmica un relato lleno de agujeros cifrados y claves esotéricas apenas para lectores de los gruesos volúmenes, o capaces de insertar en espejo las astilladas explosiones pulverizantes de Bellatrix y Voldemort sólo para justificar el uso del 3D superapantallador, sin la irrepetible belleza prodigiosa de la expulsión de Snape por el domo o su eliminación por la contorsionista serpiente Nagini verbalmente dirigida.

La infancia concluida termina afirmándose como una sinfónica fantasía dark, aún más oscura y sórdida que la segunda entrega (Harry Potter y la cámara secreta, 02), entre un gratuito reguero de cadáveres de los duendes del banco y el inmovilizante entrechocar de relampagueantes varitas exterminadoras, carente de libertad y cerca de darle la razón al dictum barthesiano "El aparataje de la obra es tal que el pensamiento 'estético' o mítico del espacio resulta indiferente". 

Y la infancia concluida se da el lujo de sólo conmover dos veces: una en pretérito, al pie del rememorado deceso de la madre del héroe Lily (Geraldine Somerville), inesperadamente en brazos de su joven enamorado Snape, y otra 19 años después de la trama, con los tres viejos amigos haciendo atravesar a sus respectivos vástagos por el muro del andén ferroviario 9 3/4 rumbo a su antes entrañable Hogwarts, asegurando, al final del Via Crucis o del Via (horro)Cruxes, el tema del Eterno Retorno que indefectiblemente elevará a la maravillosa vida humana a Cuento de Nunca Acabar.

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