Kornél Mundruczó y Matalqa: fraguando, por Jorge Ayala Blanco

Cinefilia exquisita.

I. EL FILICIDIO MORAL. En "Dulce hijo" ("Szelíd teremtés" / "A Frankenstein-terv", Hungría-Alemania-Austria, 2010), lírico cuarto filme del húngaro de 35 años Kornél Mundruczó ("Joanna" 05, "Delta" 08), con guión suyo y de Yvette Biró lejanamente inspirado en la novela clásica de horror "Frankenstein" de Mary Shelley, el joven peloncito recién escapado de un orfanato que también podría ser un manicomio Rudi (Rudolf Frecska) compra a las puertas de un cementerio luctuosas flores blancas que lleva a ofrecer in absentia a la arrendadora madre rechazante (Lili Monori) que lo encerró para casarse con un padrastro brutal (Miklós Székely B.), participa sin convicción en el sádico casting de un cineasta ensimismado (el propio Mundruczó), estrangula por repudio corporal a la bella rubita (sin saberlo su hermanastra) que fingía seducirlo, huye de la justicia por una ventana, regresa para prendarse de la linda entenada materna Magda (Kitty Csikos) y promete su propia desaparición si su progenitora favorece una unión con la todoaceptante chava; pero, durante el sucedáneo de noche de bodas, el chavo desnuca al padrastro vengador que golpeaba a la novia, empuja mortalmente a la madre desde un corredor superior y es rescatado in extremis por el cineasta que al fin lo reconoce como el hijo indeseado cuya paternidad nunca quiso asumir y, remordido por la culpa, lo lleva a esconder a Austria, hasta que un accidente en la carretera nevada deja moribundo al chico. 

Rudolf Frecska en Dulce Hijo

El filicidio moral concibe a su criatura juvenil en el espanto azorado, por encima de toda condena, y en términos de fragilidad, desvalidez y alucinación, para ser éstas a su vez plasmadas, fílmica y heréticamente, en términos de hieratismo (exteriores semivacíos, paredes desnudas, abundancia de top-shots, encuadres fijos, depuración llevada al ascetismo), desconexión (figuras inmóviles, laconismo retórico, arrebatos cual expresiones de una dinámica ingrávida) y gelidez (omnipresencia de la nieve), refrendando la pulida y poética finura posfolletinesca de las anteriores cintas de su realizador, en especial aquella cine-ópera "Johanna" que actualizaba a Juana de Arco y aquella lacustre-sacrificial Delta incestuosa. 

El filicidio moral se ve a sí mismo como un relato que bordea lo fantástico sin tocarlo, un poco al estilo del depuradísimo flamenco obsesivo Delvaux de los sesenta (la cinta bien podría intitularse "El joven de la cabeza rapada"), donde todo incidente es elegido en términos de culpa, para rumiarla al infinito, dentro de una especie de subjetividad indirecta, tan desencarnada cuan espiritual y estéticamente descarnada, y así elevarla a una categoría mítica, inevitable, instantánea. 

Y el filicidio moral recrea la irresponsable creación del monstruo de Frankenstein, el mito fílmico-literario de todos (en la vida real) tan temido, que ya no remite al helénico Saturno devorando a sus hijos recién nacidos (para evitar que en un futuro le fuese arrebatado el Poder), sino asignándoselo al artista creador fílmico, el egoísta por excelencia y deficiencia, que ha sacrificado todo lazo afectivo o humano duradero para Poder proseguir con su creación sin vida, hasta ser devorado por ésta, huyendo inadvertidamente de sí mismo más allá de lo artístico, provocando nuevas desgracias al hijo y acabar extraviándose en la inmensidad nevada, mientras el vástago agoniza con las tripas al aire.

II. LA FABULACIÓN SALVAJE. En "Sueños de aire" ("Captain Abu Raed", Jordania-EU, 2007), debut como autor total del inmigrante jordano-estadouni- dense de 31 años Amin Matalqa (28 cortos como "Peso completo" 05 y la comedia de humor negro en la cafetería "Morning Latte" 08), el modestísimo afanador anciano de aeropuerto Abu Raed (Nadim Sawalha) cumplía con esmero su humillante trabajo, regresaba en transporte público a su empinado barrio pobre y platicaba con el retrato de su esposa difunta mientras conciliaba el sueño, pese a escuchar tras el añoso muro las madrizas que propinaba el brutal vecino de junto Abu Murad (Ghandi Saber) a su sometida esposa (Dina Raad-Yaghham) y a su hijo mayor del mismo nombre (Hussein Al-Sous), pero cierto día ese solitario gris halló una gorra de piloto en la basura, se la puso, fue confundido por la chiquillería con un Capitán heroico y se sintió prácticamente obligado a devenir cuentacuentos de sus ilusorias aventuras aéreas foráneas, para sostener la esperanza de los niños desamparados, contando con el apoyo de la hostilizada familiar pilota treintona Nour (Rana Sultan), hasta que fue vilmente descubierto por el resentido niño Murad, al frente de sus amiguitos, fregando pisos doblegado como perro y quedó desmitificado, si bien recuperará el afecto del vecinito Tareq (Udey Al-Qiddissi), a quien le comprará su mercancía íntegra para que no falte al colegio, e incluso acabará orquestando la huida del horror casero de Murad y su progenitora con otro crío, ensillándose para enfrentar a solas la furia fatal del padre enloquecido de alcohol y frustración.

Sueños del aire

La fabulación salvaje hace que la ignota ciudad capital Ammán, arrancada a la inmensidad del desierto (ya con dos millones de habitantes), se convierta en una presencia viva y pese durante todo el relato, con sus callejuelas ascendentes, blancos minaretes legendarios y losas donde el héroe estará a punto de abatir con un pedruzco al ojete desplomado: el escenario perfecto para esa "Amélie" (Jeunet 01) vuelta barbudo y canoso varón jodido pero jamás cobarde. 

La fabulación salvaje logra homologar con armonía la infame y revulsiva condición de los tres sectores más vulnerables de la sociedad árabe en su conjunto, jordana o no jordana, hoy en silenciosa revuelta: la condición de los ancianos despojados de vigor y sentido, la condición de las mujeres condenadas a la venta matrimonial como futuro único y la condición de los niños brutalizados sin piedad, al grado esa cruel quemadura en la mano de Murad como paternal castigo precautorio. 

La fabulación salvaje impone un terso, brillante y seguro estilo donde la ficción, siempre a punto de volverse dulzona o disneyana, se mantiene a distancia de sí misma, sobria, autoconsciente y con un lirismo de baja intensidad, en semitono, como la liberación interior de esa bella con solo tenderse para mirar al cielo a un lado del viejo sobre las colchonetas de su azotea-mirador, o la griffithesca espera del bruto por el anciano estoicamente sentado mirando con fijeza la manija de la puerta bajo dramática luz cenital. 

Y la fabulación salvaje se redondea, cual coletazo final del axolote de Cortázar, como una finísima fábula intemporal donde la identidad usurpada se torna verdadera y aquél que ensueñe en el contraluz de los cristales ya no será el inexistente Capitán Abu Raed, sino su trágico protegido liberado, el futuro piloto Murad, convertido en su propio personaje de fábula, asumiendo el imaginario como esencia y la irrealidad como objetivo fin moralmente posible y digno incluso en la atrasada ancestral Jordania.

Yates y la pottermanía: culminando, por Jorge Ayala Blanco

Cinefilia exquisita.

I. LA INFANCIA CONCLUIDA. En Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2 (RU-EU, 2011), quinto filme del ex videoclipero inglés David Yates (ya encargado de Harry Potter y la Orden del Fénix 07 y Harry Potter y el misterio del príncipe 09), basado en la novela de J. K. Rowling otra vez adaptada por el indispensable Steve Kloves (efímera pero fatalmente sustituido por el destajista Michel Goldenberg en alguna desechable entrega anterior), el predestinado e intrépido huérfano aprendiz de mago carimarcado ya diecisieteañero pero aún con puerilicónicas gafas redondas Harry Potter (Daniel Radcliffe creciendo a la par del personaje como todo el tumultuoso elenco) vuelve a contar con la ayuda de la inteligente arrojada Hermione (Emma Watson) y el asustadizo pelirrojo Ron (Rupert Grint) más todos sus condiscípulos y maestros y la semiclandestina Orden del Fénix del colegio de magia Hogwarts, pero de nuevo ambiguamente auxiliado con alta fidelidad/infidelidad por el mortífago traicionado que se ha vuelto aliado y director escolar aunque lo detesta Snape (Alan Rickman), más el guapo cobrando súbito relieve Neville (Matthew Lewis), para reunir los horrocruxes faltantes que guardan fragmentos del alma de su peligrosísimo pero debilitado enemigo apenas corporeizado con la cara viperina Lord Voldemort (Ralph Fiennes), a punto de apoderarse de las Reliquias de la Muerte y tornarse inmortal, y ahora sí poder enfrentarlo, por fin de igual a igual, en una fragorosa batalla decisiva.

Harry Potter and the deadly hollows

La infancia concluida hace culminar lo que se presume la saga fílmica más exitosa de todos los tiempos, por encima de La guerra de las galaxias y Star Trek, eso a nivel internacional, sin duda; pero, a nivel local, siempre muy por debajo de los 48 episodios-película de la serie Dura es la vida del hombre del japonés Yoji Yamada (69-95), sobre el adorable pícaro errabundo Tora-san, contrastando con la movilidad estática de las peripecias y aventuras de Harry, focalizado en un solo punto: Hogwarts y sus alrededores, un omphalos cósmico, con recovecos como esa bóveda oculta de la desalmada esperpéntica Bellatrix (Helena Bonham Carter), con tesoros reproducibles al infinito, que sólo se hará accesible bajo la guía del sinuoso gnomo neonibelungo Griphook (Warwick Davis) y a través de un vertiginoso monorriel para apoderarse de la Copa de Hufflepuff y huir agarrados a la cresta del volador Dragón Ucraniano, pero siempre dentro del mismo digest del universo, confluente eje unificador de lo colegial inmediato y lo imaginario desatado, de lo posible y lo imposible, del bien y el mal inquietantemente permutables. La infancia concluida hace el último minucioso hallazgo paulatino y el recuento general de los objetos fetichizados, vueltos de inmediato prodigiosos, cual plusvalía de sí mismos, sea la Espada de Gryffindor codiciada por el gnomo, la Diadema de Ravenclaw, el Fuego perseguidor con aparatosos visos antropomórficos, la Varita de Saúco inservible en manos del malvado (porque la robó su secuaz Draco y jamás mataron a su genuino poseedor), el Manto de la Invisibilidad o la Piedra de la Resurrección, todos conquistables como obstáculos y hazañas, pruebas a cumplir por el miope héroe.

Harry Potter and the deadly hollows

La infancia concluida desemboca en el ritual y el sacrificio necesario (del complejísimo Snape), tras haber sido demasiado contenida, preparada, desviada, como un ancestral elogio a la mayoría de edad y a la entrada al mundo por el Héroe de las Mil Caras, para poder enfrentarse al mal exteriorizado como tentación de absoluto, en un Vuelo de Muerte (en francés: Vol-de-mort), visualizado por esa monumental caída al abismo de ambos contendientes abrazados, a impulso de nuestro maguito graduado como adulto, convertido de algún modo en su Padre, resurrecto ensangrentado (Voldemort no podía matarlo pues él mismo poseía una parte de Harry) y detentador de la legendaria ancestral Rama Dorada, irónicamente vuelta Varita de Saúco. 

La infancia concluida exorciza el estigma de la niñez idílica aunque aflictiva tanto de los tradicionales cuentos de hadas (tipo El patito feo de Andersen) como de la folletinesca literatura decimonónica infantil nadie-te-quiere (tipo Piel de zanahoria de Renard), lográndolo ab ovo, eliminando toda escoria lírica o edificante, y narrando en realidad, sin proponérselo, la irrupción/perfeccionamiento/evolución de los efectos digitales en este siglo, desde los incipientes efectos medio chafitos del gringo mediocrazo de las dos primeras entregas Chris Columbus hasta los sorprendentes efectos a cortar el aliento de las tres últimas entregas dirigidas por el no menos mediocre pero eficacísimo Yates, dócil a los autoritarios caprichos rowlingianos, ahora capaces en común de resolver el combate de 400 mortífagos contra todo Hogwarts a modo de videoclip ampuloso y en la nocturnidad de escombros instantáneos (al interior de esta Parte 2 concebida en función de la Gran Batalla con cada personaje de la epopeya en su sitio asignado), capaces de sólo incluir un par de gags (Hermione disfrazada de Bellatrix irrumpiendo prepotente en el banco, conjuro Imperio que hace cambiar de actitud al duende gerente bancario), capaces de creer que con deslizar un trío de besitos furtivos quedaban asentados los romances de Harry con una insignificante Ginny (Bonnie Wright) y de Ron con Hermione (o peor aún: el de Neville con Luna mediante una declaración grandilocuente), capaces de meter en conserva fílmica un relato lleno de agujeros cifrados y claves esotéricas apenas para lectores de los gruesos volúmenes, o capaces de insertar en espejo las astilladas explosiones pulverizantes de Bellatrix y Voldemort sólo para justificar el uso del 3D superapantallador, sin la irrepetible belleza prodigiosa de la expulsión de Snape por el domo o su eliminación por la contorsionista serpiente Nagini verbalmente dirigida.

La infancia concluida termina afirmándose como una sinfónica fantasía dark, aún más oscura y sórdida que la segunda entrega (Harry Potter y la cámara secreta, 02), entre un gratuito reguero de cadáveres de los duendes del banco y el inmovilizante entrechocar de relampagueantes varitas exterminadoras, carente de libertad y cerca de darle la razón al dictum barthesiano "El aparataje de la obra es tal que el pensamiento 'estético' o mítico del espacio resulta indiferente". 

Y la infancia concluida se da el lujo de sólo conmover dos veces: una en pretérito, al pie del rememorado deceso de la madre del héroe Lily (Geraldine Somerville), inesperadamente en brazos de su joven enamorado Snape, y otra 19 años después de la trama, con los tres viejos amigos haciendo atravesar a sus respectivos vástagos por el muro del andén ferroviario 9 3/4 rumbo a su antes entrañable Hogwarts, asegurando, al final del Via Crucis o del Via (horro)Cruxes, el tema del Eterno Retorno que indefectiblemente elevará a la maravillosa vida humana a Cuento de Nunca Acabar.

El analfabeta político / Bertolt Brecht

El peor analfabeta es el analfabeta político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio del frijol, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de las medicinas, dependen de decisiones políticas.
El analfabeta político es tan ignorante que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la mujer abusada, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Insiste

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