Los etcéteras

Por Luis Ricardo Ramos Hernández

La crisis de la escuela, entendida en general, desde los niveles básicos hasta superiores, ha sido tratada por teóricos de diversas disciplinas a lo largo del siglo XX. Palacios aborda a un primer grupo de pedagogos preocupados por la renovación: la Escuela Nueva: “autores cuya principal preocupación era reformar la escuela tradicional”. (Palacios cit., en Romano, 2010: 26)

Para Palacios, la escuela tradicional creó una escuela libre de la influencia de la comunidad y sus distracciones, pero también de la vida real. Este modelo de educación tradicional alcanzó su punto máximo con el internado jesuita y su “separación del mundo... vigilancia constante, ininterrumpida del alumno” (Palacios cit, en Romano, 2010:27)

Los maestros de la escuela tradicional organizaban la vida y el currículum; eran los encargados de presentar modelos elevados de comportamiento y promover su imitación.

A los maestros les correspondía también la responsabilidad de implantar el orden e infundir la disciplina. Dicho por Comenio en la “Didáctica Magna” de 1657: El orden de todo es el fundamento de la pedagogía tradicional. El maestro seguía un método y los niños repetían, mediante el repaso, lo que el maestro acaba de decir; aplicaba premios y castigos para incentivar los logros escolares del modelo. Para los maestros tradicionales el estudiante es arcilla y el arte de moldearla, la educación.

El cuestionamiento formal del modelo tradicional llega a finales del siglo XIX, en Europa y los Estados Unidos; al empuje de las transformaciones sociales, económicas y demográficas como son “el auge del industrialismo, la transformación de las estructuras rurales, la conversión de la familia patriarcal en rural, etcétera... transformaciones políticas, caracterizadas por... los ideales de libertad, igualdad y fraternidad” (Palacios cit, en Romano, 2010:34).

Los anhelos de estas sociedades en plena renovación chocaron con las características de la escuela tradicional, con su autoritarismo y con el modo en que ésta ignora los intereses y singularidades de los niños.

La escuela tradicional
Para Palacios, la escuela tradicional creó una escuela libre de la influencia de la comunidad y sus distracciones, pero también de la vida real. Este modelo de educación tradicional alcanzó su punto máximo con el internado jesuita y su “separación del mundo... vigilancia constante, ininterrumpida del alumno” (Palacios cit, en Romano, 2010:27)

Los maestros de la escuela tradicional organizaban la vida y el currículum; eran los encargados de presentar modelos elevados de comportamiento y promover su imitación. A los maestros les correspondía también la responsabilidad de implantar el orden e infundir la disciplina. Dicho por Comenio en la “Didáctica Magna” de 1657: El orden de todo es el fundamento de la pedagogía tradicional. El maestro seguía un método y los niños repetían, mediante el repaso, lo que el maestro acaba de decir; aplicaba premios y castigos para incentivar los logros escolares del modelo. Para los maestros tradicionales el estudiante es arcilla y el arte de moldearla, la educación.

El cuestionamiento del modelo tradicional llega a finales del siglo XIX, en Europa y los Estados Unidos; al empuje de las transformaciones sociales, económicas y demográficas como son “el auge del industrialismo, la transformación de las estructuras rurales, la conversión de la familia patriarcal en rural, etcétera... transformaciones políticas, caracterizadas por... los ideales de libertad, igualdad y fraternidad” (Palacios cit, en Romano, 2010:34).

Los anhelos de estas sociedades en plena renovación chocaron con las características de la escuela tradicional, con su autoritarismo y con el modo en que ésta ignora los intereses y singularidades de los niños.

La Escuela Nueva, primer grupo de pedagogos críticos a la escuela tradicional, echa mano de la psicología y toma de ella un arsenal de argumentos:

La liga de la Escuela Nueva se propone en 1921:

preparar al niño para el triunfo del espíritu sobre la materia, respetar y desarrollar la personalidad... el carácter... los atractivos intelectuales, artísticos y sociales... en particular mediante el trabajo manual, y la organización de una disciplina personal libremente aceptada... la preparación del futuro ciudadano”. (Palacios cit, en Romano, 2010:35)

Estos pedagogos progresivos incluyeron nociones psicológicas acerca del desarrollo cognitivo de los niños, pero respetando su condición infantil. “La escuela para el niño y por el niño”, dicta el principio de la escuela para la vida.Para ellos, el estudiante debe desarrollarse en las áreas que le producen más interés. La motivación principal no le corresponde al maestro y a su capacidad calificadora, sino que debe encontrarse en el propio mundo interior del estudiante.

Al maestro se le asigna una función menos carcelaria, al considerarlo el guía que va “abriendo camino y mostrando posibilidades a los niños” (Palacios cit, en Romano, 2010:38); llegando a las posiciones extremas, como la de los pedagogos libertarios de Hamburgo que procuraban evitar toda intervención directa por considerarla censura. Esta visión pretendía evitar que se identificara al maestro entre las figuras disciplinarias de la sociedad.

La Escuela Nueva cree en la cooperación, la solidaridad y aun en el autogobierno, pues considera que mediante él se enseñan la democracia y la discusión honesta. La educación es parte de la vida, debe formar ciudadanos y sociedades más justas, más democráticas y, para ello, la participación de estudiantes y maestros, es fundamental.

El paso último de la teoría renovadora de la Escuela Nueva se dio al modificar el currículum. Las áreas poco relacionadas con la utilidad práctica fueron relegadas en favor de otras con mayor utilidad e interés, en las que la mediación de los adultos fue restringida y, a veces, anulada. Algunos pedagogos cuestionaron, por ejemplo, la pertinencia de enseñar geometría y álgebra, por considerarlas áreas carentes de aplicación real en la vida de la gente. Se favorecieron las actividades agrícolas, los talleres de producción, la creación artística, etcétera.

Ante las andanadas y reflujos de nuestra cultura escolar tradicional mexicana, cabe recordar los nombres de estos pedagogos modernos, para ponerlos en perspectiva real. Todos deberán ocupar su lugar, Freinet y el método natural, junto a la filosofía inútil, el álgebra abstracto, los intereses de los estudiantes, el programa de clase, la función orientadora del maestro —que encauza y pone límites— la libertad, la expresión y los etcéteras. Especialmente los etcéteras.

Luis Ricardo es estudiante de la Maestría en Educación Superior de la BUAP


BIBLIOGRAFÍA
PALACIOS, J (2010) “La cuestión escolar” en: ROMANO, C. Antología de Filosofía
de la educación, México: BUAP (MEDS, FFyL, inédito), pp. 23-41

El analfabeta político / Bertolt Brecht

El peor analfabeta es el analfabeta político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
No sabe que el costo de la vida, el precio del frijol, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de las medicinas, dependen de decisiones políticas.
El analfabeta político es tan ignorante que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política.
No sabe que de su ignorancia política nace la mujer abusada, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Insiste

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