El Santos vs. la Tetona Mendoza: El viajecito canábico

Por Luis Ricardo

En El Santos vs. la Tetona Mendoza (Peyote y Átomo Films 2012) largometraje de Alejandro Lozano basado en la historieta de Jis y Trino “El Santos vs. la Tetona Mendoza” con guión de Augusto Mendoza (Abel, 2010), un luchador vuelto superhéroe ―para evitar demandas del luchador de las películas Santo― acepta exterminar de México a los zombies de Sahuayo para complacer a la madrota de congal y luchadora topless del bando de los rudos la Tetona Mendoza, pero entra en conciencia al ver al Peyote Asesino tirarlos por un barranco y a la Tetona ascender a ElbaEstherezca, súbita presidenta de México, respaldada por un ejército de invasoras feminazis, Poquianchis del Espacio, por lo que arrepentido une fuerzas con el Peyote Asesino, logra vencerlas al futbol en un nuevo Escape a la victoria atlista para finalmente lograr traer de vuelta a los zombies y ponerse frente a frente con la Tetona, pedirle entrar a su baño y hallar entre sus heces fecales una chora de mota guardada durante semanas en el estómago, todavía encendida, que la villana fuma y la hace recular para volverse a juntar sexual y matrimonialmente con el héroe, ante la condescendiente mirada del narrador y leyenda del cine motorolo Cheech Marín, que nos lo explica todo con una piedad casi de María Sabina sabiéndoselas de todas todas.





El viajecito canábico es la primera acometida mexicana hacia una animación menos ñoña y menos “de humor por abuso de la palabra huevos”; debatiéndose entre el sinsentido de Jis y la aventura “a lo grande” de Trino, para acabar siendo una retahila de  buenas viñetas, homenajes al cine y referencias privadas para mexicanos (y mexicanas). Su irreverencia alcanzó al feminismo ―obstinado en reeducar a los hombres para que no orinen la taza―, a la impresentable clase política, desde la izquierda mexicana (primero los zombies) con ciertos comentarios de clase y casta (“chaparro... oaxaco”), pasando por un huevonsísimo congreso de la unión, un expresidente omnicaricaturizable y estúpido, pero dejando ir vivo al otro expresidente, al que se obstinó en perseguir el tráfico y consumo de mariguana como política central de su gobierno.

El viajecito canábico nos obsequia momentos de risotada loca con un desfile de personajes memorables para los fans, como el ejército de Poquianchis armadas con batidoras láser, una rata Maruca con peinado de salón, el sabio gamborimbo Ponx (Guillermo del Toro gigante) ―daño colateral de los pedos infructuosos del héroe― un plan de asesinato mediante la combinación aguacate/encabronamiento, etc.; en particular, un antihéroe profundamente mexicano, chillón, terco, machista y en perpetuo escarceo homoerótico con su sidekick el Cabo. En esta aventura animada irrumpen distanciamientos postbrechtianos vacilando sobre las telenovelas, los negocios de apuestas televisivas y las animaciones japonesas en plan postsimpsoniano de todo se vale, constituyendo un gigantesco paso hacia adelante para nuestra industria de la animación, con valores de producción inéditos, como el soundtrack seleccionado por Lynn Fainchtein, curiosos product placements (¿Office Max?) y un elenco verdaderamente multiestelar, que va de Andrés Bustamante a todos los Bichir y de Daniel Giménez Cacho a Regina Orozco, que nos deja pensando lo que será de nosotros cuando Jis Trino y compañía vean lo cerca que les queda la gloria si se alejan un poquito de la aventura, le pegan con todas sus letras al poder, y se adentren en la profundidad billplymptonesca de su chora interminable.




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